26 de abril, la memoria que no debe apagarse
26/Abril/2026-
Hay fechas que no son solo números en el calendario. Hay días que se quedan grabados en la piel, en la memoria… y en la conciencia. Para mí, el 26 de abril es uno de ellos. Un día que encierra tragedia, vida y dolor. Un día que resume, de alguna manera, lo mejor y lo peor del ser humano.
El 26 de abril de 1986, el mundo cambió sin saberlo. Ese día ocurrió el Accidente de Chernóbil, uno de los mayores desastres nucleares de la historia. Una explosión invisible que liberó muerte silenciosa, que contaminó la tierra, el agua, el aire… y que marcó generaciones enteras. Lo más terrible no fue solo el accidente. Fue el silencio. No supimos nada hasta pasados unos días. Durante tres días, el mundo siguió girando con normalidad mientras la radiación avanzaba sin fronteras, sin banderas, sin control.

La mentira fue tan peligrosa como la explosión. Y ahí es donde uno empieza a preguntarse: ¿Qué es más destructivo, la tecnología… o la falta de verdad?
Pero el 26 de abril no es solo Chernóbil para mí. Curiosamente —o quizás como una paradoja de la vida— el día 29 de abril, apenas tres días después de aquel desastre, nació mi hija mayor, Yaiza. La vida abriéndose paso entre la destrucción. Elegí su nombre por una princesa guanche. Un nombre con raíces, con historia, con identidad. Un nombre que representa la dignidad de los pueblos, la conexión con la tierra, con lo auténtico. Mientras el mundo se enfrentaba a las consecuencias de su propia irresponsabilidad, en mi vida nacía una razón para seguir creyendo. Porque al final, todo se reduce a eso: a qué mundo dejamos a quienes vienen detrás.
Pero hay más. Siempre hay más cuando hablamos de memoria. Porque este mismo día también está marcado por la sangre y el dolor. Por la barbarie que nunca debió existir. La banda terrorista ETA asesinó a cinco compañeros míos. Cinco guardias civiles que, como tantos otros, servían a la sociedad en silencio, con dignidad, con compromiso. Entre ellos estaba Juan Catón Vázquez. Un gran amigo. Uno de esos nombres que no deberían convertirse nunca en recuerdo, porque deberían seguir formando parte de la vida. Pero no fue así. Y lo más duro no es solo la pérdida. Es el olvido.
Y entonces uno une todo. Chernóbil. Hiroshima. Nagasaki. El terrorismo. Las guerras. Y se da cuenta de algo profundamente inquietante: El ser humano ha desarrollado una capacidad extraordinaria para crear… pero también una capacidad devastadora para destruir.
Hemos sido capaces de dividir el átomo… pero no de controlar nuestras decisiones.
Hemos alcanzado avances impensables… pero seguimos tropezando con los mismos errores.

Y aquí es donde surge la pregunta incómoda. La que nadie quiere responder. ¿Hemos aprendido algo? Porque si miramos a nuestro alrededor, la respuesta parece clara. Seguimos jugando con fuerzas que no comprendemos del todo. Seguimos permitiendo guerras. Seguimos justificando la violencia. Seguimos poniendo intereses por encima de la vida.
Como “simio” —como alguien que observa desde fuera esta supuesta civilización— no puedo evitar sentir una profunda contradicción. Nos creemos la especie más inteligente del planeta. Pero somos la única capaz de destruir su propio hogar. La única que contamina su propio aire. La única que envenena su propia agua. La única que mata a sus propios semejantes por ideas, por poder o por miedo.
El 26 de abril no debería ser solo una fecha. Debería ser un espejo. Un recordatorio de lo que somos capaces de hacer… y de lo que aún estamos a tiempo de cambiar. Porque entre la tragedia de Chernóbil, el nacimiento de una hija y la pérdida de amigos, hay un hilo común: La vida. La vida que se rompe. La vida que nace. La vida que debemos proteger.
Quizá todavía estamos a tiempo. Pero el tiempo no es infinito. Y la memoria… tampoco debería serlo.
Imágenes creadas con IA
