Cuando un GOL vale más que una vida

Tenemos que jugar el partido del final de la humanidad. Y lo tenemos que ganar.
Cuando un GOL vale más que una vida

19/julio/226

Hay días en los que un país entero parece detenerse. Las calles se vacían, los bares se llenan, las familias se reúnen frente a una pantalla y millones de personas contienen la respiración al mismo tiempo. Juega la selección. Juega nuestro equipo. Hay banderas en los balcones, camisetas, bufandas, viajes de cientos o miles de kilómetros, entradas que pueden costar una pequeña fortuna y celebraciones preparadas para una posible victoria. Durante noventa minutos desaparecen muchas diferencias. Personas que jamás se han visto se abrazan cuando llega un gol. Izquierdas y derechas, ricos y pobres, jóvenes y mayores gritan juntos. Todo un país puede convertirse, por unas horas, en una sola voz.

Y yo me pregunto: si somos capaces de unirnos así por un balón, ¿por qué no somos capaces de unirnos para defender una vida?

No tengo nada contra el fútbol. El deporte puede ser hermoso, emocionante y una extraordinaria forma de convivencia. El problema comienza cuando contemplamos las prioridades de nuestra sociedad y descubrimos una contradicción difícil de justificar. Mientras el fútbol profesional mueve cantidades gigantescas de dinero, mientras algunos jugadores cobran salarios que una familia trabajadora no conseguiría reunir en varias vidas, mientras se pagan fortunas por fichajes, derechos televisivos, publicidad, estadios y competiciones, millones de seres humanos siguen luchando por conseguir algo tan elemental como agua potable, alimentos, una escuela, medicamentos o un centro de salud.

Un futbolista marca un gol y millones de personas saltan de alegría. Un niño indígena enferma porque su comunidad carece de atención sanitaria y apenas ocupa unas líneas en algún periódico, si es que llega a ocuparlas. Un equipo pierde una final y vemos lágrimas, indignación, debates durante días y aficionados diciendo que aquello es una tragedia. Pero una comunidad indígena pierde sus tierras, su bosque, su río, su lengua o incluso a sus hijos por enfermedades evitables y el mundo continúa como si nada hubiera sucedido.

¿Qué clase de escala de valores hemos construido?

En muchos lugares del planeta, los pueblos indígenas continúan abandonados por los mismos Estados que deberían protegerlos. Comunidades enteras sobreviven sin agua potable, sin una asistencia sanitaria digna, sin escuelas adecuadas, sin caminos transitables y viendo cómo sus territorios ancestrales son invadidos, contaminados o explotados. Son pueblos que han protegido durante generaciones bosques, ríos y ecosistemas que hoy resultan esenciales para combatir la crisis climática y conservar la biodiversidad. Sin embargo, cuando reclaman sus derechos, demasiadas veces reciben silencio, abandono, promesas incumplidas o represión.

Y mientras tanto, el espectáculo continúa.

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No deberíamos preguntarnos cuánto gana un futbolista para señalarlo individualmente como culpable. El verdadero problema es mucho más profundo. Debemos preguntarnos qué sociedad hemos construido para considerar normal que el entretenimiento pueda mover fortunas inmensas mientras garantizar derechos humanos fundamentales parece siempre demasiado caro.

Para levantar un gran estadio aparecen inversiones. Para organizar una competición internacional aparecen patrocinadores, empresas y administraciones. Para pagar derechos televisivos aparecen millones. Para fichar a una estrella aparecen cifras astronómicas. Pero cuando una comunidad pide un pozo de agua, una pequeña escuela, una ambulancia, medicamentos o un dispensario, entonces aparecen las dificultades, los expedientes, las competencias administrativas, la falta de presupuesto y las eternas promesas.

Para el espectáculo hay urgencia. Para la pobreza hay paciencia. Para el negocio hay dinero. Para los olvidados hay excusas.

Quizá lo más inquietante sea comprobar nuestra extraordinaria capacidad para movilizarnos cuando queremos. Si nuestro equipo llega a una final, miles de personas recorren kilómetros, compran billetes de avión, pagan hoteles, adquieren camisetas y entradas y esperan durante horas para entrar en un estadio. Las plazas se llenan. Las ciudades colocan pantallas gigantes. Los medios retransmiten cada detalle. Las autoridades preparan dispositivos especiales. Si llega la victoria, cientos de miles salen a las calles.

Entonces vuelvo a preguntarme: ¿dónde están esas multitudes cuando se destruye un bosque? ¿Dónde están cuando una comunidad indígena pide agua? ¿Dónde están cuando se deteriora la sanidad pública? ¿Dónde están cuando nuestros mayores esperan meses para recibir atención? ¿Dónde están cuando la corrupción roba recursos que pertenecen a todos? ¿Dónde están cuando una familia tiene que elegir entre llenar la nevera o pagar la electricidad?

Nos rasgamos las vestiduras porque un árbitro no señaló un penalti. Gritamos indignados porque nuestro equipo perdió. Discutimos durante horas sobre una alineación. Analizamos una jugada desde diez cámaras diferentes para descubrir si un jugador estaba adelantado unos centímetros.

Ojalá examináramos con la misma precisión las cuentas públicas. Ojalá utilizáramos el VAR de la conciencia para revisar la corrupción. Ojalá repitiéramos una y otra vez las imágenes de una comunidad sin agua hasta que alguien asumiera responsabilidades. Ojalá llenáramos las plazas para exigir hospitales dignos, educación pública de calidad, protección de nuestros mayores, vivienda accesible, respeto a los pueblos indígenas y defensa de los ecosistemas.

Porque resulta paradójico que un aficionado pueda sentir como propia la derrota de once jugadores millonarios que ni siquiera saben que él existe y, sin embargo, permanecer indiferente ante el sufrimiento de personas que viven a pocos kilómetros de su casa.

El fútbol nos demuestra algo extraordinariamente importante: la sociedad sí sabe unirse. Sabemos emocionarnos juntos. Sabemos llenar calles. Sabemos levantar la voz. Sabemos movilizarnos. Sabemos sentir que pertenecemos a algo común.

Por tanto, el problema no es que no podamos hacerlo. El problema es por qué causas decidimos hacerlo.

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Imaginemos por un instante que una sociedad defendiera su sanidad pública con la misma pasión con la que defiende los colores de su equipo. Que exigiera transparencia política con la misma intensidad con la que reclama justicia arbitral. Que saliera a las calles por una comunidad indígena expulsada de su territorio como sale para celebrar un campeonato. Que los medios dedicaran a la pobreza, al medio ambiente, a la ciencia, a la educación o a los derechos humanos una parte de las interminables horas que dedican cada día al fútbol.

Algo cambiaría. Y mucho.

También deberíamos preguntarnos qué enseñamos a nuestros hijos. Conocen los nombres, salarios, dorsales y estadísticas de grandes futbolistas. Saben quién marcó un gol en una final disputada hace años. Pero quizá nunca hayan oído hablar de los pueblos indígenas que están desapareciendo, de los defensores ambientales asesinados por proteger sus territorios, de las comunidades que custodian algunos de los últimos grandes bosques del planeta o de millones de personas que sobreviven en condiciones que jamás aceptaríamos para nosotros.

No se trata de dejar de celebrar un gol. Se trata de aprender también a indignarnos ante una injusticia. No se trata de cerrar los estadios. Se trata de abrir los ojos. No se trata de quitarle alegría a la gente, porque bastante dura es muchas veces la vida y todos necesitamos momentos de celebración. Se trata de preguntarnos por qué esa capacidad inmensa de unión desaparece cuando termina el partido.

Cuando un equipo gana una competición importante, decimos orgullosos: «Hemos ganado». Hemos ganado. Aunque nosotros no hayamos corrido un solo minuto sobre el césped. Sentimos la victoria como nuestra porque creemos formar parte de algo colectivo. Qué hermoso sería poder decir también:

Hemos conseguido que ninguna comunidad pase sed. Que ningún niño se quede sin escuela. Hemos conseguido defender nuestra sanidad pública y expulsar la corrupción de nuestras instituciones. Hemos conseguido proteger a los pueblos indígenas y reconocer sus derechos. Hemos conseguido que nadie sea invisible. Esas sí serían victorias dignas de llenar plazas. Esos sí serían campeonatos que merecerían una celebración nacional.

Porque una sociedad no debería medirse por el número de copas que guarda en una vitrina, sino por la forma en que trata a quienes menos tienen, a quienes no poseen poder, a quienes nadie escucha.

Tal vez algún día comprendamos que existen partidos mucho más importantes que los que se juegan durante noventa minutos. Se está jugando el partido contra la pobreza. Contra la corrupción. Contra la desigualdad. Contra la destrucción de la naturaleza. Contra el abandono de los pueblos indígenas. Contra el deterioro de los servicios públicos. Contra nuestra propia indiferencia. Y ese partido no tiene espectadores. Todos estamos jugando.

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No habrá prórroga para una cultura indígena que desaparece. No habrá partido de vuelta para un bosque destruido. No habrá fichaje millonario que pueda comprar una especie extinguida. No habrá trofeo capaz de devolver la vida a quien murió porque no tuvo acceso a una atención sanitaria digna.

Disfrutemos del fútbol. Celebremos un gol. Abracemos a quien tenemos al lado cuando nuestro equipo gana. Pero cuando termine el partido, cuando se apaguen las luces del estadio y las banderas vuelvan a guardarse, recordemos que fuera sigue existiendo otro marcador. El de la humanidad. Y en ese marcador todavía estamos perdiendo.

Porque quizá la pregunta más incómoda no sea cuánto dinero mueve el fútbol ni cuánto cobra una estrella. La verdadera pregunta es otra: ¿Qué ocurriría si defendiéramos la dignidad humana con la misma pasión con la que defendemos una camiseta?

Tal vez entonces llenaríamos las calles no solamente para celebrar que once jugadores han levantado una copa, sino para celebrar algo infinitamente más grande: que ningún ser humano ha quedado atrás.

Y ese día  habremos ganado por fin el partido más importante de nuestra historia. El partido de la humanidad.