La gran estafa climática
Hemos cruzado la línea roja. No es una metáfora, no es alarmismo, no es ideología.
Es ciencia. Y ya llegamos tarde.
Mientras los gobiernos se llenan la boca hablando de transición ecológica, sostenibilidad y futuro, el planeta se desangra delante de nuestros ojos. Y lo más grave no es que no lo sepan. Lo saben perfectamente. Lo que ocurre es que no les importa.
La crisis climática no es un fenómeno natural inevitable. Es el resultado directo de decisiones políticas, de corrupción estructural y de una sumisión absoluta al poder económico. No hay responsables difusos. Hay responsables con nombre, cargo y despacho.
Se firman acuerdos que no se cumplen. Se celebran cumbres que no sirven para nada.
Millones de euros gastados en reuniones, vuelos, hoteles y declaraciones vacías. Las COP se han convertido en vacaciones de lujo para miles de funcionarios, mientras el planeta arde, se inunda y se rompe.

Y mientras tanto, la sanidad se recorta. La educación se abandona. La protección del medio ambiente se convierte en un estorbo. Porque proteger la vida no da beneficios inmediatos, pero explotar recursos sí.
Las temperaturas ya no son una advertencia futura: son una realidad presente. Olas de calor insoportables. Fríos extremos. Lluvias torrenciales. Inundaciones que arrasan pueblos enteros. Sequías que condenan a millones de personas. Los hielos se derriten.
El Ártico deja de ser una barrera natural y se vuelve navegable. ¿Y cuál es la respuesta de los gobiernos? Celebrarlo. Buscar rutas comerciales. Explorar petróleo, gas y minerales. Explotar hasta el último rincón que aún resistía. No ven un ecosistema.
Ven un negocio.
La naturaleza ya no es un bien común: es un recurso a exprimir. Los bosques, el agua, el aire, los océanos… todo tiene precio. Y si algo no es rentable, se deja morir.
Nos han robado el futuro. Y lo han hecho conscientemente.
Luego nos hablarán de responsabilidad individual, de reciclar, de cambiar hábitos, de apagar la luz. Pero la verdadera responsabilidad está arriba, en gobiernos que legislan para las multinacionales y no para la vida. No estamos ante un error. Estamos ante una traición histórica.
Y cuando dentro de unos años alguien pregunte cómo fue posible llegar hasta aquí, la respuesta será simple y terrible: porque quienes tenían el poder de evitarlo prefirieron el dinero al planeta, y el beneficio inmediato a la supervivencia de la humanidad.
Esta no es una reflexión cómoda. Es una denuncia. Y ya no queda tiempo para discursos vacíos.
