La gran mentira de la cautividad: cuando la ciencia se enfrenta a la ética
26/abril/2026.-
El 16 de enero, en el Congreso de los Diputados, asistí a unas jornadas que, bajo el título “Ciencia, Legislación y grandes simios: una alternativa basada en la evidencia”, pretendían abordar el futuro de nuestros parientes evolutivos más cercanos, los grandes simios. Aquellas jornadas deberían haber supuesto un avance hacía la protección de nuestros parientes evolutivos más cercanos, pero terminó evidenciando una profunda fractura ética y científica. Lo que allí presencié no fue un debate equilibrado ni científico, sino la defensa de un modelo que, a la luz de la evidencia científica más reciente, se sostiene sobre argumentos cada vez más débiles.
Frente a mi posición clara y firme —el fin de la reproducción en cautividad y el inicio de un proceso serio y responsable hacia la desaparición de los grandes simios en zoológicos para la ley de grandes simios—, se situaron representantes destacados del ámbito zoológico y académico: Javier Almunia, presidente de AIZA; Ana Fidalgo, presidenta de la Asociación Primatológica Española; Tomás Marqués; Xavier Manteca; Josep Call; y Miquel Llorente. coincidiendo en defender la continuidad de la cautividad y, lo que es aún más preocupante, la reproducción de grandes simios en estos entornos artificiales.
Pero existe un problema insalvable: la evidencia científica independiente ya no respalda esa postura. Sus argumentos quedan profundamente cuestionados y en muchos aspectos desmontados.
El informe de la Born Free Foundation, titulado “Our Captive Cousins: The Plight of Great Apes in Zoos” (,Nuestros primos cautivos: la difícil situación de los grandes simios en los zoológicos) constituye uno de los análisis más exhaustivos y rigurosos sobre la situación real de los grandes simios en zoológicos. Y sus conclusiones no dejan lugar a dudas: la cautividad de grandes simios no solo es éticamente indefendible, sino científicamente injustificable.
Los grandes simios no son simples animales exóticos. Son seres profundamente sociales, con estructuras familiares complejas, con culturas propias transmitidas de generación en generación, con capacidades cognitivas que desafían la frontera que durante siglos hemos queridas trazar entre ellos y nosotros. Y, sin embargo, los mantenemos en entornos donde esas capacidades no solo no pueden desarrollarse, sino que son sistemáticamente anuladas.
Los zoológicos argumentan que estos animales cumplen un papel educativo y conservacionista. Sin embargo, el propio informe desmonta esta narrativa. Ver a un gran simio tras un cristal, en un recinto artificial, lejos de generar conciencia sobre su situación, transmite una falsa sensación de seguridad. El visitante no percibe la urgencia de su protección en la naturaleza, sino que interpreta que la especie está a salvo. Se banaliza su situación crítica. Se diluye la gravedad de su desaparición en libertad.
La conservación real no se produce entre barrotes.

Uno de los pilares del discurso zoológico es la cría en cautividad. Se nos dice que estos programas son esenciales para preservar la diversidad genética y garantizar el futuro de la especie. Pero los datos recogidos en el informe son contundentes: los grandes simios criados en zoológicos rara vez, por no decir nunca, son reintroducidos en la naturaleza. Y no lo son porque no pueden serlo. Han sido criados para la exhibición, no para sobrevivir en su hábitat natural. Carecen del aprendizaje cultural necesario, de las habilidades sociales y de los conocimientos ecológicos que solo pueden adquirirse en libertad.
Más aún, la propia Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) no recomienda la cría en cautividad como estrategia de conservación para ninguna especie de gran simio. El Grupo de Especialistas en Primates ha llegado incluso a advertir sobre los riesgos que supondría trasladar individuos criados en zoológicos a hábitats naturales, debido a las posibles consecuencias negativas para las poblaciones salvajes.
Entonces, ¿Qué se está conservando realmente?
La respuesta es incómoda: se está conservando un modelo basado en la exhibición, en la gestión de poblaciones cautivas como si fueran inventarios biológicos, donde el objetivo no es la libertad del individuo, sino la continuidad del sistema.
Las consecuencias de este modelo son devastadoras. El informe documenta tasas elevadas de mortinatalidad, rechazo materno e infanticidio. Las hembras, privadas de aprendizaje social, no saben cómo cuidar a sus crías. Los vínculos naturales se rompen antes incluso de formarse. Muchas crías son separadas y criadas por humanos, lo que añade una capa más de artificialidad a una vida ya marcada por la privación.
La imagen es estremecedora: madres que no comprenden a sus hijos, hijos que no conocen su cultura, individuos que nacen sin posibilidad alguna de ser lo que realmente son.
La vida en cautividad afecta profundamente a la salud física y mental de los grandes simios. Las enfermedades cardíacas son una de las principales causas de muerte, estrechamente relacionadas con el estrés crónico y la obesidad derivada de estilos de vida sedentarios. La alimentación en zoológicos no reproduce la complejidad de la búsqueda de alimento en la naturaleza, eliminando comportamientos esenciales para su desarrollo.
Pero es en el ámbito psicológico donde el impacto resulta más evidente. Las estereotipias —comportamientos repetitivos y anormales— son una manifestación directa del sufrimiento mental. Automutilación, balanceos constantes, coprofagia, regurgitación, agresividad o sumisión extrema… conductas que, en libertad, son prácticamente inexistentes, se convierten en habituales en cautividad.
Y, sin embargo, algunos zoológicos han llegado a calificarlas como “naturales”, simplemente porque se repiten con frecuencia en sus instalaciones. Esta reinterpretación de la anormalidad es, en sí misma, una prueba del grado de distorsión al que hemos llegado.
A ello se suma la ruptura de las estructuras sociales. En la naturaleza, los grandes simios tienen la capacidad de elegir, de evitar conflictos, de dispersarse, de formar nuevos grupos. En cautividad, todo eso desaparece. Los individuos son agrupados según criterios humanos, trasladados entre zoológicos por razones logísticas o económicas, y obligados a convivir en condiciones que generan tensión, agresividad y, en muchos casos, violencia.
La propia industria reconoce que existen problemas con los machos “sobrantes” generados por los programas de cría. Individuos para los que no hay espacio, cuyo destino es incierto, y cuya existencia pone en evidencia la falta de planificación real en estos programas.

No estamos ante una estrategia de conservación. Estamos ante una gestión artificial de vidas.
El informe también pone de relieve los riesgos asociados a la cautividad, tanto para los simios como para los humanos. La imposibilidad de escapar de situaciones de conflicto ha provocado lesiones graves e incluso la muerte de numerosos individuos. Cuando se producen fugas, el desenlace suele ser trágico: el animal es abatido. Casos como el de Harambe no son excepciones aisladas, sino síntomas de un sistema inherentemente inestable.
Además, la cercanía genética entre humanos y grandes simios los convierte en especialmente vulnerables a enfermedades infecciosas. La cautividad incrementa el riesgo de transmisión, colocando a estos animales en una situación de extrema fragilidad sanitaria.
Por todo ello, la conclusión es inevitable: la continuidad de la cautividad y la reproducción de grandes simios en zoológicos no puede seguir justificándose. No desde la ciencia, no desde la ética, no desde la conservación.
Mi posición, defendida en el Congreso, no es una postura aislada ni ideológica. Es una consecuencia lógica de la evidencia. Poner fin a la reproducción en cautividad no es una opción radical. Es el primer paso imprescindible hacia una transición responsable.
Una transición que, en el plazo de una generación, podría permitir que los grandes simios desaparezcan de los zoológicos quedando sus jaulas vacías como ya lo ha legislado Colombia aprobando en el Senado la Ley de Yoko.
Tras este informe apoyado científicamente, resulta imposible no señalar la contradicción entre la evidencia científica independiente y las posiciones defendidas en las jornadas realizadas en el Congreso excepto la mía, en relación a la continuidad de la cautividad de nuestros hermanos evolutivos y la reproducción, que solo sirve para que las colecciones puedan seguir ocupando las jaulas de la indiferencia.
Como bien dice la primatóloga Christine Webb en su libro recientemente publicado “El mono arrogante”… “Estudiar animales en cautividad, no sólo es éticamente cuestionable, sino también científicamente inválido en muchos casos, ya que el comportamiento de los animales en entornos artificiales, no refleja su verdadera naturaleza”. La autora advierte que hemos construido gran parte de nuestro conocimiento sobre los animales desde una mirada distorsionada, condicionada por jaulas, estrés, aislamiento y contextos completamente ajenos a sus ecosistemas. Es decir, hemos interpretado a otras especies desde su privación de libertad.
Quienes siguen apoyando la cautividad y la defensa de los Programas de Reproducción en los zoos, sostienen un modelo que no contribuye a la conservación, genera sufrimiento, distorsiona la educación y prioriza la exhibición.
La pregunta ya no es si podemos seguir manteniéndolos en cautividad. La pregunta es si, sabiendo todo esto, tenemos derecho a hacerlo. Porque en esa respuesta no solo está en juego el futuro de los grandes simios. Está en juego nuestra propia humanidad. Porque ellos no pertenecen a los zoológicos. Son individuos con derecho a una vida digna y ha llegado el momento de tomar una decisión histórica en la futura ley de grandes simios que España, tras más de dos décadas de lucha por parte del Proyecto Gran Simio, tiene la obligación de legislar.
Nota: Las fotografías son de Pedro Pozas sacada a Monti, un chimpancé que se encontraba en el zoo de Santiago de Estero (Argentina) donde tuve el honor de conocerle y hablar con el Juez y el Fiscal que iban a dictar su salida inmediata a un santuario. A los pocos meses y antes de la sentencia, Monti es encontrado de forma sospechosa muerto en su jaula, Según dijeron fuentes del zoo, de un ataque al corazón. Este es su homenaje.
